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Opinión

El rol docente en la “nueva normalidad”

Nota de opinión por Brian Richmond, docente e investigador.

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Si hace 10 años, cuando yo era estudiante, me hubieran dicho que tendríamos una clase virtual no me lo habría creído. Me habría sonado muy futurista. Y sin embargo el futuro se precipitó y hoy estoy aquí, como docente, preparando mis clases virtuales.

Lo hago en la misma computadora que me regaló mi abuela en esa época, cuando ponía mis trabajos de la facultad en un pen drive y me iba al cyber a imprimirlos. Recuerdo que les pedíamos a lxs profes si no se lo podíamos mandar por mail; lo que nos resultaba más sencillo, más barato y más ecológico. Pero desde su concepción presentar un trabajo en otro formato que no sea papel no era presentarlo, como si la materialidad fuera la prueba irrefutable de toda existencia legítima.

Ahora el papel ya no solo nos resulta innecesario, molesto, precario, arcaico sino también riesgoso; como todo lo que transcurre de mano en mano. Pasamos de la idea de que lo que no se puede tocar no existe a la sospecha de que lo que se toca es una amenaza a la existencia.

La pandemia no inauguró la virtualidad, pero la volvió repentinamente obligatoria. Un proceso que debía ser paulatino y combinado se transformó en abrupto y exclusivo, y por lo tanto excluyente. Si el plan Conectar Igualdad no se hubiera interrumpido y durante estos últimos cinco años se hubiera ampliado y complementado con el tendido de fibra óptica, la situación probablemente sería otra. Prueba de ello es que la única conexión que tienen millones de hogares con el actual sistema educativo es gracias a una de esas computadoras.

Pero el neoliberalismo pasó y la distancia entre derechos formales y derechos efectivos, que en nuestro país nunca fue tan amplia en la educación como en otras áreas, se transformó ahora en un abismo digital. Y en el medio de ese abismo estamos lxs docentes tratando de tender puentes improbables: entre la institución y lxs estudiantes, entre el Estado y la Sociedad, entre la virtualidad y la materialidad.

Se supone que lxs trabajadores de la educación, como nexos generacionales, somos los encargados de lograr que los cambios estructurales de nuestra sociedad resulten menos traumáticos de lo que serían sin una intervención pedagógica. Tratamos de mediar entre el pasado y el presente para darles cierta continuidad y coherencia, y poder así construir futuro. Por lo tanto, estamos acostumbrados a lidiar con lo nuevo, lo que irrumpe, lo que disloca, lo que incomoda; y a conectarlo con nuestra historia, con nuestras tradiciones e identidades. Sin embargo, jamás habíamos asistido a una ruptura tan grande con nuestro pasado inmediato, y es probable que este abismo nos quede grande.

Asistimos a un contexto precario que precariza aún más nuestra labor y al mismo tiempo nos exige ingenio. Debemos reinventarnos, capacitarnos, replantearnos, equiparnos. Debemos llegar a todxs, sostener a todxs, contemplar a todxs. Debemos evaluarlxs pero sin evaluarlxs, tomarles examen pero sin examinarlxs, asegurar su asistencia sin asistencias. Qué ironía: ahora que por fin logramos prescindir de la armadura burocrática escolar nos sentimos vulnerables sin ella.

Pero por si esto fuera poco debemos elaborar un discurso coherente que le dé sentido a todo estecaos y convenza a lxs estudiantes de que se trata simplemente de una “nueva normalidad”. No hay contrasentido mayor que hablar de nueva normalidad, que es además un eufemismo, como todo oxímoron. Lo normal es lo que se presenta a la percepción como algo estático, asincrónico, inmutable; justamente por eso es “normal”. Lo nuevo irrumpe, interpela, desconcierta; justamente por eso no es “normal”. Pero se supone que es nuestra tarea docente normalizar lo insólito, intentando re-naturalizar una realidad social que se desmoronó. Llegamos siempre tarde, pues todavía estábamos tratando de lidiar en el aula con la modernidad líquida cuando esta se evaporó.

Probablemente el cambio más drástico que efectuó la pandemia en nuestro trabajo tuvo lugar en la dimensión del tiempo; ese gran invento moderno que lo regulaba, lo medía, lo cuantificaba, pero sobre todo lo limitaba. Ahora ya no sabemos cuándo estamos trabajando, cuándo nos estamos capacitando, cuándo nos estamos distrayendo y cuándo estamos descansando; puesto que todo eso ocurre en el mismo lugar: nuestra casa. Ya dijo Einstein que la percepción del tiempo es relativa al espacio. Sin las paredes escolares, ¿cómo voy a sentir yo que salgo del trabajo?

¿Cuándo llego finalmente a mi casa? ¡Si siempre estoy en ella! Otra gran ironía: ahora que ya no suena el timbre lo extrañamos, como el perro de Pavlov.

Quizás lo que más nos cueste aceptar es el cambio en la percepción del tiempo de nuestro propio
ser biológico, si es que existe tal cosa. Sentimos que la virtualidad nos avejenta antes de tiempo.

Nos hace más encorvados, más chicatos, más sedentarios, más desactualizados; hasta quizás también más nostálgicos, como si habríamos sido expulsados de un Edén de tiza del que siempre renegamos.

Y así estamos, aprendiendo a vivir en la incertidumbre, tal como nos había pedido el actual senador de cartón Bullrrich, cuando dirigía un Ministerio de Educación también de cartón. Ya pasaron cinco meses de excepción e inevitablemente nos acostumbramos a lo excepcional. Ya dijo Borges que por más extraña que parezca finalmente terminamos aceptando la realidad, acaso porque intuimos que nada es real.

A lo que nunca deberíamos acostumbrarnos es a la injusticia y la desigualdad que estructuran esa realidad. Por eso si ahora que el rey está desnudo nuestra tarea en la nueva normalidad consiste en distraer la atención del público mientras se le buscan nuevos disfraces, entonces nuestro rol docente es tan patético como el de un bufón.

La virtualidad en educación necesariamente profundiza las desigualdades porque las computadoras, los teléfonos y los gigas de internet no se encuentran tan bien distribuidos como los cuerpos. No era el guardapolvo blanco el que ocultaba las diferencias sociales sino el carácter democrático de los cuerpos en el aula, ya que nuestrxs estudiantes solo podían traer uno por persona. Además el pibe que iba a la escuela con hambre podía visibilizar su situación, interrumpiendo la normalidad institucional hasta tanto no se le consiga un plato de comida. El teatro de la realidad escolar se convertía así en un escándalo. Pero la virtualidad hace más difícil esa irrupción, sobre todo si ese pibe ni siquiera está conectado, y su existencia se desvanece. No podemos aceptar eso como nueva normalidad, porque no es más que la vieja adaptada, o sea, empeorada.

Por eso además de todos los desafíos que los docentes tenemos que enfrentar en pandemia, debemos hacerlo cargando con la culpa que trae la sospecha de que no es suficiente, de no estar pudiendo llegar a todxs. Y por eso también el magisterio se está arremangando, armando bolsones de comida y repartiendo junto con los cuadernillos, recolectando dispositivos de conexión y distribuyendo. La solidaridad es la clave en este contexto, pero incorporar esas tareas a la ya sobrecargada rutina docente supone también el riesgo de normalizarlas y delegarlas como nuestra responsabilidad.

Por eso creo que nuestra principal tarea docente en estos momentos, y que debe acompañar a todas las que ya nombré, es atentar contra la normalidad. Impedir que se re-naturalicen las desigualdades, que se rutinicen las exclusiones, que se romanticen las carencias. Impedir, en definitiva, que todo vuelva a la normalidad. Porque la normalidad era el problema.

Si la pandemia dejó al descubierto que los trabajadores esenciales son los peores pagos, que esta economía se paraliza si consumimos solo lo necesario, que la naturaleza agradece nuestro confinamiento, que miles de mujeres tienen a su agresor en casa, que la salud no puede estar mercantilizada, que el cuidado es un bien necesariamente social, y que la educación pública es probablemente la única mano que le tiende esta sociedad a lxs excluidxs; ¿Entonces no será que lo normal era una estafa?

Dejemos entonces que esta anormalidad nos interpele y pongamos nuestras clases a disposición de esa interpelación. Que nuestros estudiantes puedan dar sentido a sus desconciertos y angustias, un sentido que no los vuelva culpables de su situación ni los invite a aceptarla con resignación. Tirar juntxs de la punta del ovillo de la normalidad para que descubramos los hilos perversos que tejen la realidad social. Discutir la pobreza, discutir la riqueza, discutir la desigualdad, discutir el neoliberalismo. Discutir la realidad. Al fin y al cabo, ¿De qué otra manera podríamos tolerarla? ¿De qué otra manera podríamos enseñarla?

Brian Richmond
Docente e investigador

Opinión

“Todos conocemos a alguien que no volvió”: El doloroso mensaje de la hija de una víctima fatal por un choque en la Ruta 22

Omar Edgardo Moreno murió tras un violento choque frontal ocurrido a la altura de Cervantes; mientras que otras tres personas resultaron heridas. Su hija escribió una carta, donde apuntó contra la desidia política y vial.

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A poco más de una semana del choque frontal ocurrido sobre la Ruta Nacional N° 22, a la altura de Cervantes, Cindy Moreno publicó una extensa y conmovedora carta abierta tras la muerte de su padre, Omar Edgardo Moreno, quien perdió la vida en el siniestro vial registrado el pasado jueves (14/05).

El hecho ocurrió minutos después de las 10.30 horas en el kilómetro 1165 de la Ruta N° 22, en cercanías del barrio Colonia Fátima. El impacto frontal fue entre un Ford Focus que circulaba de oeste a este y un Peugeot 307 que viajaba en sentido contrario.

En cada vehículo viajaban dos personas. Como consecuencia del choque, Omar Moreno, conductor del Focus, murió en el lugar. Los otros tres ocupantes sobrevivientes fueron trasladados al Hospital Francisco López Lima de General Roca, donde continúan recibiendo atención médica.

En su carta, Cindy Moreno apuntó contra la negligencia vial, el abandono estatal, la falta de obras sobre la Ruta N° 22 y también destacó el acompañamiento del personal de salud y de la comunidad en medio del dolor.

La carta completa

Mi papá no murió solamente en un choque sobre la Ruta 22.

Mi papá murió en una provincia donde hace más de treinta años la desidia política avanza más rápido que las obras. Donde los funcionarios cambian, los discursos cambian, las campañas cambian, pero las rutas siguen rotas, los hospitales siguen sobreviviendo como pueden y las familias siguen enterrando seres queridos mientras escuchan promesas recicladas.

No le escribo esta carta abierta a quienes salen todos los días a trabajar y manejan con responsabilidad entre un pueblo y otro, rezando llegar bien. Ellos ya conocen el miedo. Lo sienten cada vez que toman la Ruta 22 para ir al médico, llevar a sus hijos a estudiar, hacer un trámite o volver a casa.

Esta carta está dirigida a quienes manejan con negligencia, creyendo que el volante es una extensión de su impunidad. Pero también está dirigida a los municipios y gobiernos que durante décadas convirtieron una obra vital para toda la región en una disputa absurda de egos, intereses y mezquindades políticas.

Mientras la gente esperaba una ruta segura, ellos discutían si un tramo debía pasar por arriba o por abajo, si convenía un puente más o una rotonda menos, mientras la obra se demoraba eternamente entre internas políticas, especulación y abandono.

Y en el medio, la gente siguió muriéndose.

En el Alto Valle ya ni siquiera hacen falta estadísticas. Todos conocemos a alguien que no volvió. Todos conocemos una familia destruida por una ruta inconclusa. Todos vimos cruces al costado del camino multiplicarse más rápido que las soluciones.

Hace más de diez años comenzaron las obras de mejora de la Ruta 22. Diez años en los que miles de rionegrinos soñamos que, por respeto a los muertos y por responsabilidad hacia los vivos, finalmente se terminara aquello que nos prometieron una y otra vez.

Pero la política eligió otra cosa.

Eligió discutir poder mientras la gente enterraba hijos, padres, hermanos y amigos.

Mi papá no va a volver. Y no existe pésame institucional capaz de reparar el vacío que deja una ausencia así cuando durante años se ignoraron pedidos básicos de infraestructura, prevención y dignidad.

Porque la desidia no aparece solamente en las rutas. También aparece en hospitales sostenidos a pulmón sus trabajadores. Aparece en localidades donde ni siquiera las entradas para las ambulancias están asfaltadas. Aparece en edificios públicos sin calefacción en plena Patagonia. Aparece cuando falta lavandina en los baños, cuando el personal de salud no tiene dónde calentarse un almuerzo después de horas intentando salvar vidas.

Mi mamá sigue grave en el hospital de General Roca. Y aun en medio de semejante abandono estructural, el personal humano de ese hospital logró algo extraordinario: devolvernos un poco de fe. Nunca voy a olvidar la humanidad del servicio de Hematología, ni las palabras cálidas, ni las sonrisas, ni la forma en que acompañan a familias destruidas aun cuando trabajan en condiciones indignas. Tampoco voy a olvidar a toda la gente que se acercó a donar sangre sin conocernos. Ahí entendí algo doloroso y hermoso al mismo tiempo: esta provincia sobrevive gracias a su gente, no gracias a sus dirigentes. Río Negro está lleno de personas extraordinarias obligadas a compensar todos los días la ausencia del Estado.

Hoy no escribo para pedir nada. Porque lo único que quiero es que me devuelvan a mi papá, y eso no va a pasar.

Pero sí necesito decir que las muertes evitables también tienen responsables. Que las obras postergadas matan. Que la negligencia mata. Que gobernar mirando encuestas, disputas partidarias y negocios mientras la gente arriesga la vida para ir de un pueblo a otro también tiene consecuencias. A los conductores de la camioneta y el auto blanco que hicieron todo mal aquel día, que les faltan papeles y les sobra inconsciencia, ojalá los acompañe la culpa de su irresponsabilidad. Y a quienes durante años tuvieron en sus manos la posibilidad de terminar una ruta segura y fortalecer un sistema de salud digno, ojalá alguna vez comprendan el daño irreparable que produce gobernar de espaldas a la realidad.

Mi papá ya no está. Pero pienso honrar su memoria haciendo lo mismo que él hizo siempre: decir lo que incomoda, exigir justicia y negarme a aceptar que el abandono sea el destino inevitable de nuestra región.

A quienes estuvieron con nosotros en estos días, gracias. El mundo sigue siendo un lugar digno gracias a personas como ustedes.

Cindy Moreno B.

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Opinión

Más allá del diagnóstico: La necesidad de una salida con contenido

Nota de opinión por Federico Vasches, integrante del Observatorio de Políticas Públicas y Sociales de Río Negro.

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¿Cuánto más se puede decir del estado actual de las cosas? Esta mezcla de novedad y continuidad, esta cotidianeidad que venimos habitando, nos fuerza muchas veces a una suerte de parálisis, obligándonos a detenernos indefinidamente en el diagnóstico. Nos enfrentamos, una vez más, cara a cara con sorpresas previsibles: es la sensación de que asistimos a «más de lo mismo», con el agravante de que ese «lo mismo» es, cada vez, peor.

Esta realidad no es abstracta; es una fuerza complicada que está tensionando transversalmente a la Argentina. Tensa a los individuos, a las familias y a los hogares, pero también erosiona a las instituciones, a los partidos políticos y a las organizaciones sociales en su conjunto. Estamos ante un escenario tan complejo como hondo, donde conviven la complicidad de algunos sectores con un agotamiento social generalizado. Es el agotamiento de quienes dijeron «no» a lo anterior para decir «sí» a esto, y que hoy se encuentran en la encrucijada de decir «no» a esto, sin querer regresar a lo otro. En ese limbo, la construcción de una salida institucional sigue siendo una asignatura pendiente.

La trampa de la reactividad: El vacío de la alternativa

En este escenario, lo que queda peligrosamente a la vista es un modelo de gestión de la oposición —tanto institucional como política— que es meramente reactivo en lugar de propositivo. Esta es una falencia generalizada que atraviesa a representantes políticos, sindicales y partidarios por igual: el gobierno nacional impone condiciones y la respuesta carece de propuestas superadoras. Las estructuras tradicionales se mueven siempre un paso por detrás de lo previsible, persiguiendo un modelo oficial que se percibe como arrasador.

Lo más alarmante no es el contenido de lo que se negocia, sino la incapacidad técnica para proyectar algo distinto. Nos enfrentamos a paritarias que no funcionan, a presupuestos que son jirones de la realidad y a discusiones por servicios básicos que parecen vaciadas de sentido. El rol de sindicatos, gobernadores y legisladores se ha degradado al de simples acompañantes de la coyuntura. Mientras se transita esa urgencia, no se está proyectando un plan de salida relevante. Esta reactividad es especialmente compleja en las universidades, donde ciertas conducciones operan como oposición política nacional pero como oficialismos institucionales, quedando atrapadas en la misma falta de iniciativa propositiva.

De la demencia al negacionismo: La inercia institucional de parte del sistema de CyT

Para entender la parálisis de quienes deben conducir, es necesario observar su comportamiento reciente. Tras el punto de inflexión de diciembre de 2023, cuando el flujo de recursos se detuvo abruptamente y las partidas dejaron de llegar, las instituciones universitarias no reaccionaron con un cambio de paradigma. Por el contrario, operaron bajo lo que podríamos llamar una demencia institucional: siguieron haciendo las cosas como si el escenario no hubiera cambiado, repitiendo fórmulas de un pasado que ya no tenía sustento material.

Hoy, esa demencia ha mutado en algo más peligroso: el negacionismo institucional. Al encontrar mecanismos modernos e innovadores para «oxigenar» el sistema -vía financiamientos externos, fundaciones propias o venta de servicios-, las conducciones «optan» por darle la espalda a la lucha estructural de sus trabajadores. Bajo la excusa de la eficiencia técnica y la creatividad para «salvar los muebles», están validando de facto el ajuste. Están demostrando una agilidad que en momentos de flujo ni siquiera se atrevieron a imaginar, pero lo hacen opacando la lucha docente y Nodocente, y confirmando ante el poder central que el recorte era, después de todo, ejecutable.

El experto disciplinar y la orfandad política

Esta desconexión tiene una raíz estructural en la formación de quienes dirigen el sistema de ciencia, tecnología y universitario. Por un lado, tenemos a los docentes e investigadores, y por otro, a los equipos de gestión Nodocente, que constituyen la arquitectura institucional invisible que permite mantener en pie el sistema. En la cima, el funcionariado (Rectores, Vicerrectores y Secretarios) ocupa cargos de naturaleza eminentemente política.

Sin embargo, el sistema está diseñado para que los académicos gestionen, bajo la premisa de que la excelencia en el grado o posgrado se traduce en capacidad de gestión. Pero la trayectoria académica no es proporcional a la pericia política. Geólogos, contadores, biólogos o arquitectos de renombre se encuentran hoy dirigiendo instituciones complejas frente a una política de choque para la cual sus herramientas disciplinares -que representan el 95% de su expertise- son insuficientes. No es lo mismo administrar el flujo que gestionar la incertidumbre y la restricción. Al no ser cuadros políticos de formación, quedan aislados de los debates profundos y los avatares partidarios los toman por sorpresa.

La seducción del intelectual y el desembarco de los gestores

Este contraste se refleja en la figura presidencial. Su ascenso fue el de un intelectual que ofrecía una doctrina económica liberal inspiradora y de gran penetración en jóvenes votantes y en una gran parte de la población desencantada con lo conocido. La sociedad, en su dificultad para determinar el rol efectivo del Estado, parece haber votado esa elocuencia, apostando a un horizonte filosófico pero dejando de lado o acaso, jamás interpelándose por el «cómo».

Pero una vez en el poder, se produjo un desplazamiento: la gestión real fue delegada en personajes cuyo activo no es la teoría, sino el know-how de la vieja política y la gestión de choque. Mientras el discurso se mantiene en la doctrina, la ejecución queda en manos de segundas y terceras líneas que saben operar las palancas del Estado de forma pragmática. Esta dualidad genera la máxima tensión: un relato intelectual que se ejecuta con las herramientas más conocidas de la gestión tradicional.

El intelectual como arquitecto y el control social

Frente a este vacío, el rol superador del intelectual debe ser el de un traductor: aquel que logre el match entre la ideología (el horizonte filosófico) y el cotidiano de la política pública. No puede ser alguien que se refugie en la academia para dar una clase virtual cada quince días; debe ser quien dote de sentido a la acción técnica e impregne e ilumine los debates públicos.

Nadie discute qué funciones debe afrontar el Estado en tanto garante de derechos. Su capilaridad social estratégica (en términos de Oszlak) es irremplazable. Sin embargo, no podemos seguir persiguiendo quimeras de innovación que mueren en acuerdos personales sobre un andamiaje inexistente. Propongo una salida que incluya una instancia de control social e intelectual comunitario, similar a una Defensoría del Pueblo, pero con una matriz de pensamiento crítico. Un espacio técnico con voz y probada incidencia donde la ciudadanía participe y rediscuta las políticas públicas junto a los intelectuales que les dan sentido.

Conclusión: Salir del asombro

En un mundo de información fragmentada, en el cual desde millennials a la generación alfa son bombardeados constantemente, los discursos vacíos ya no alcanzan. Lo que hoy se vuelve imperativo es la propuesta concreta. Debemos entender que, si la esperanza no tiene acción, es simplemente fe; y la fe es insuficiente para gestionar una organización, menos aún un sistema, demasiado lejos, una nación.

La salida no es dicotómica – izquierda o derecha-, sino programática. Requerimos un nuevo acuerdo social basado en ejes fundantes: ambiente, obra pública, educación, salud, deporte, disidencias, derechos humanos, vivienda y todos los otros temas que la sociedad pueda determinar. La única manera de garantizar a la ciudadanía una protección real es a través de una salida política integral: intelectuales, académicos, gestores y técnicos trabajando en un programa de gobierno concreto que abandone el asombro y retome la iniciativa. Es hora de que la arquitectura del Estado deje de servir a la supervivencia de una casta y empiece a tener a la gente presente en el centro de su diseño y control.

Federico Vasches
Integrante del Observatorio de Políticas Públicas y Sociales de Río Negro.

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Opinión

La Encrucijada de la IA: Moda o Soberanía

Nota de opinión por Federico Vasches, integrante del Observatorio de Políticas Públicas y Sociales de Río Negro.

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Estamos inmersos en un momento de avances exponenciales de la Inteligencia Artificial (IA). Esta carrera tecnológica, impulsada por el sector privado, genera nuevas oportunidades, pero también expone complejidades estructurales profundas en sociedades como la latinoamericana y la argentina en especial, agravadas ahora por el desfinanciamiento estatal.

Detrás de palabras y conceptos como costo, lucidez e inclusive debatiendo sobre la Paradoja de la Modernización, es crucial entender que no incorporar tecnología es, de hecho, más costoso que hacerlo. La adopción requiere una «lucidez estratégica»: un rediseño consciente y deliberado que entienda que lo que se hace se puede hacer mejor. Pero que de ninguna manera la IA reemplaza ni a las personas ni a sus responsabilidades.

Como dos caras de una moneda:

El sector privado actúa deliberadamente para maximizar la ganancia. Moderniza con celeridad, buscando mejorar procedimientos, presentándose a la vanguardia y el desarrollo, y poniendo en valor la IA.

El sector público, cuyo fin es social, a menudo responde al llamado de la modernización con el desfinanciamiento, con recorte y achicamiento. La negación a incorporar la IA transversalmente como tecnología que permita innovar, claramente es no estratégica, pues la sociedad ya la está utilizando, generando una distancia creciente entre ambos mundos.

Acá nos encontramos con el problema de la falsa dicotomía, la creencia simplista de que el privado es inherentemente más moderno y brillante. Esta visión es escasa, pues las personas en ambos sectores utilizan tecnología personal (smartphones, herramientas de IA como Gemini, ChatGPT, etc.).

La diferencia reside en la cultura organizacional: en el privado, la modernización se transparenta y premia; en el público, no está institucionalizada y a veces se castiga la desviación del proceso tradicional.

A no preocuparse, porque no todo es tan sombrío y acaso para evitar un futuro distópico, la solución reside en construir una soberanía tecnológica y digital más horizontal.

Esto nos propone:

Divulgación y Conocimiento: las sociedades y los individuos deben entender el impacto de la tecnología y la IA en todas las instituciones. Este conocimiento es la base para que los ciudadanos puedan defender, construir y validar las reformas necesarias.

Espacios de Co-creación: es imperativo crear espacios público-privados, liderados con la participación activa de la sociedad civil, tecnólogos, divulgadores y directores de proyectos.

Gobierno Abierto: estos espacios deben estar anclados en los principios de Gobierno Abierto: participación ciudadana, innovación, transparencia y rendición de cuentas.

Solo a través de esta colaboración estratégica y una ciudadanía informada, el Estado podrá evolucionar tecnológicamente no solo para sobrevivir, sino para construir un futuro donde la tecnología sirva a fines sociales amplios, y no solo a la maximización de la ganancia privada.

Federico Vasches
Integrante del Observatorio de Políticas Públicas y Sociales de Río Negro.

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