Opinión
Estado de bienestar en Europa y Argentina, paralelismos nunca recorridos
Por Juan José Tealdi, Secretario de Derechos Humanos del Partido Socialista y Coordinador de la Corriente Nacional Igualdad y Participación.

Hay una gran coincidencia de muchos autores en definir como un virtuoso pacto entre capital y trabajo el que hicieron los partidos socialdemócratas europeos en la post guerra para construir el que dio en llamar “Estado de Bienestar”. También hay coincidencia en que, desde el punto de vista del sistema capitalista fue una concesión, para mostrar una cara amigable del capitalismo a la población más cercana al mundo del llamado socialismo real.
La verdad es que la existencia de una posible competencia que podía correr la cortina de hierro hacia el oeste seduciendo a nuevos pueblos con la promesa de una sociedad más justa fue, si no la única la más determinante, causal de la construcción de esas sociedades con pleno empleo, con certezas de futuro y de crecimiento social y económico de esa parte del mundo.
Esa situación no se dio en el resto del universo no socialista precisamente porque ese peligro no existía y por ello nuestro continente no fue depositario de planes Marshall de manera generalizada y el imperialismo norteamericano, que ganó terreno por sobre el inglés luego de la segunda guerra mundial, desarrolló políticas de explotación, con invasiones y fuertes intervenciones militares, imponiendo dictaduras o gobiernos “democráticos amigos” a lo largo y ancho de nuestro continente, lo que acrecentó luego de la revolución cubana que generó un modelo atractivo y cercano para muchos movimientos políticos de sociedades desiguales y países empobrecidos del continente.
El caso argentino, por múltiples motivos, se diferencia de la mayoría de los países de la región y la verdad es que, bajo el gobierno del general Perón, coincidiendo en tiempo y varias de sus formas, se produce un proceso muy similar al de los países centrales de Europa. Se habla de pacto entre capital y trabajo, se desarrollan numerosas instituciones estatales de regulación de la economía y los transportes, se nacionalizan los ferrocarriles y se crea la flota naval mercante, crecen las pequeñas y medianas industrias, crece la matrícula educativa y se llega a una sociedad de pleno empleo profundizando el proceso iniciado en tiempos de la sustitución de importaciones durante la guerra.
Seguramente el peronismo en general rechaza la idea de titular como socialdemócrata a aquel gobierno, dado que esto le quitaría la mística de seguir sosteniéndolo como una creación única que se le adjudica al fuerte liderazgo de Perón y Eva Perón. Aunque el histórico dirigente, recientemente desaparecido, Antonio Cafiero, venerado por todo el espectro peronista, dio la batalla por encuadrar al peronismo en la socialdemocracia pero lamentablemente la perdió frente al caudillismo personificado en Menem.
Por otro lado, los sectores no peronistas identificados históricamente con la socialdemocracia, que fueron combatidos por el peronismo y también fueron muy críticos del mismo, igualmente rechazan esa idea porque le adjudican al peronismo, de manera peyorativa, la modalidad de populista, término que tiene diversas interpretaciones, una de las cuales es ser un sistema de gobierno en el que un fuerte liderazgo toma decisiones reemplazando en ese rol a la sociedad que pasa a ser beneficiaria o perjudicataria de las decisiones tomadas desde ese sitial. Pero esta definición nada dice sobre las decisiones en sí mismas y admite populismos de derecha, de centro y de izquierda. O sea que adjetiva una forma de organización del gobierno pero no una orientación en medidas concretas hacia la igualdad social o la concentración económica y en esta definición caben muchos gobiernos de los cinco continentes.
Entonces, si nos focalizamos en la relación entre capital y trabajo, en la forma de organización sindical, en los organismos estatales que garantizan estabilidad y pleno empleo, en los sistema educativos de todos los niveles, en las esperanzas, expectativas y calidad de vida de la sociedad podemos decir sin equivocarnos que nuestro país, al igual que la Europa Central, disfrutó de la sociedad de bienestar entre la post guerra y la caída del sistema soviético en 1989, con un inicio de crisis en los años 70 con la crisis del petróleo y un final definitivo en los años 90 del siglo pasado.
Cada modelo con sus características diferenciadoras pero con ese denominador común llamado Estado de Bienestar.
Un objetivo de estas líneas es poner en crisis el pensamiento arraigado en nuestra formación de que allá, en Europa existió un modelo ejemplar llamado pomposamente socialdemocracia y en Argentina existió un modelo denominado despectivamente populismo, siendo que el resultado hacia la sociedad, en términos históricos, ha sido muy similar.
Por lo general se destaca el carácter democrático de los países europeos con sus sistemas parlamentarios y se denosta el nuestro con su sistema presidencialista -dicho sea de paso copiado al “gran país del norte” también siempre mencionado como la gran democracia de occidente-, pero se omite decir que en la mayor parte de los países de Europa aún subsisten las monarquías con mayor o menor poder pero con su contenido feudal, cholulo y conservador y su siempre importante influencia.
Para quienes bregamos por una sociedad participativa y que se apropie de su propio destino es obvio que rechazamos tanto los modelo de fuertes liderazgos personalistas como los que sostienen a una parasitaria realeza. Apostamos a sistemas más colectivos en la toma de decisiones, por lo que sin compartir ese aspecto del peronismo que irrumpió con tanta energía y poder social a mediados del siglo XX en nuestro país, no podemos dejar de encontrar en ese modelo grandes similitudes al desarrollado y tan respetado por la prensa “seria” en la Europa del Estado de Bienestar.
Hoy asistimos a la caída definitiva de este glorioso estado casi ideal de la sociedad, tanto en Europa como en nuestro país y el mundo en general simplemente porque el sistema capitalista no tiene a la vista un peligro seductor de otra posibilidad y entonces aprieta sin piedad sacándose la careta de amigable que supo tener en tiempos de guerra fría. Entonces la socialdemocracia en Europa claudica, gira a la derecha y flexibiliza y el peronismo en Argentina se “moderniza” con un caudillo cuasi feudal, destruyendo la construcción del bienestar que sus antecesores habían logrado.
Es un retroceso social, económico y político que ha costado y seguirá costando vidas y frustraciones, modelos sociales de enorme desigualdad con crecientes sectores sometidos a una violencia inusitada, con la paulatina desaparición de las garantías constitucionales para sostener semejante desigualdad. Pero también es la gran oportunidad de apelar a la creatividad a la que nos convocó Simón Rodríguez cuando le enseño a su discípulo Simón Bolívar: o creamos o erramos. Y eso lo hizo un gigante de la historia americana. Siguiendo esa premisa, en nuestro país supimos construir un socialismo pensado con cabeza propia gracias a Juan B. Justo. Supimos construir un movimiento cultural emancipador y americanista desde la reforma universitaria de 1918 bajo el gobierno de Yrigoyen y supimos construir nuestro Estado de Bienestar bajo el gobierno de Juan Domingo Perón.
En ese sentido no solo en nuestro país, sino nuestra región, estamos en mejores condiciones que la Europa derrotada, envejecida y desorientada. Afortunadamente no hemos tenido todavía la expoliación que sufrió y sufre gran parte de África, no sufrimos las guerras por el gas, el petróleo, el agua y los minerales que asolan a gran parte de ese continente, de oriente medio y parte de Asia escondidos detrás de extremismos religiosos y que mantienen a millones de seres humanos bajo fuego constante. Tampoco somos el terreno de combate del narcotráfico en dimensiones similares a la de México. Tenemos territorio extenso y naturaleza aún no dañada en tanta profundidad –que hay que defender porque ya se vienen por todo-, y no tenemos la superpoblación de India y China.
Insertados en ese mundo enorme, contradictorio y variado, aprendiendo de todas las experiencias pero parados en nuestra historia, estamos en condiciones de construir un nuevo Estado de Bienestar de nuevas bases en armonía con el resto de la naturaleza ya no solo para nosotros sino para compartir con este mundo cada vez más desigual que necesita desesperadamente un rumbo de igualdad, tolerancia y respeto por la vida en toda su dimensión.
Juan José Tealdi.
Secretario de Derechos Humanos del Partido Socialista y Coordinador de la Corriente Nacional Igualdad y Participación.-
Opinión
“Todos conocemos a alguien que no volvió”: El doloroso mensaje de la hija de una víctima fatal por un choque en la Ruta 22
Omar Edgardo Moreno murió tras un violento choque frontal ocurrido a la altura de Cervantes; mientras que otras tres personas resultaron heridas. Su hija escribió una carta, donde apuntó contra la desidia política y vial.

A poco más de una semana del choque frontal ocurrido sobre la Ruta Nacional N° 22, a la altura de Cervantes, Cindy Moreno publicó una extensa y conmovedora carta abierta tras la muerte de su padre, Omar Edgardo Moreno, quien perdió la vida en el siniestro vial registrado el pasado jueves (14/05).
El hecho ocurrió minutos después de las 10.30 horas en el kilómetro 1165 de la Ruta N° 22, en cercanías del barrio Colonia Fátima. El impacto frontal fue entre un Ford Focus que circulaba de oeste a este y un Peugeot 307 que viajaba en sentido contrario.
En cada vehículo viajaban dos personas. Como consecuencia del choque, Omar Moreno, conductor del Focus, murió en el lugar. Los otros tres ocupantes sobrevivientes fueron trasladados al Hospital Francisco López Lima de General Roca, donde continúan recibiendo atención médica.
En su carta, Cindy Moreno apuntó contra la negligencia vial, el abandono estatal, la falta de obras sobre la Ruta N° 22 y también destacó el acompañamiento del personal de salud y de la comunidad en medio del dolor.
La carta completa
Mi papá no murió solamente en un choque sobre la Ruta 22.
Mi papá murió en una provincia donde hace más de treinta años la desidia política avanza más rápido que las obras. Donde los funcionarios cambian, los discursos cambian, las campañas cambian, pero las rutas siguen rotas, los hospitales siguen sobreviviendo como pueden y las familias siguen enterrando seres queridos mientras escuchan promesas recicladas.
No le escribo esta carta abierta a quienes salen todos los días a trabajar y manejan con responsabilidad entre un pueblo y otro, rezando llegar bien. Ellos ya conocen el miedo. Lo sienten cada vez que toman la Ruta 22 para ir al médico, llevar a sus hijos a estudiar, hacer un trámite o volver a casa.
Esta carta está dirigida a quienes manejan con negligencia, creyendo que el volante es una extensión de su impunidad. Pero también está dirigida a los municipios y gobiernos que durante décadas convirtieron una obra vital para toda la región en una disputa absurda de egos, intereses y mezquindades políticas.
Mientras la gente esperaba una ruta segura, ellos discutían si un tramo debía pasar por arriba o por abajo, si convenía un puente más o una rotonda menos, mientras la obra se demoraba eternamente entre internas políticas, especulación y abandono.
Y en el medio, la gente siguió muriéndose.
En el Alto Valle ya ni siquiera hacen falta estadísticas. Todos conocemos a alguien que no volvió. Todos conocemos una familia destruida por una ruta inconclusa. Todos vimos cruces al costado del camino multiplicarse más rápido que las soluciones.
Hace más de diez años comenzaron las obras de mejora de la Ruta 22. Diez años en los que miles de rionegrinos soñamos que, por respeto a los muertos y por responsabilidad hacia los vivos, finalmente se terminara aquello que nos prometieron una y otra vez.
Pero la política eligió otra cosa.
Eligió discutir poder mientras la gente enterraba hijos, padres, hermanos y amigos.
Mi papá no va a volver. Y no existe pésame institucional capaz de reparar el vacío que deja una ausencia así cuando durante años se ignoraron pedidos básicos de infraestructura, prevención y dignidad.
Porque la desidia no aparece solamente en las rutas. También aparece en hospitales sostenidos a pulmón sus trabajadores. Aparece en localidades donde ni siquiera las entradas para las ambulancias están asfaltadas. Aparece en edificios públicos sin calefacción en plena Patagonia. Aparece cuando falta lavandina en los baños, cuando el personal de salud no tiene dónde calentarse un almuerzo después de horas intentando salvar vidas.
Mi mamá sigue grave en el hospital de General Roca. Y aun en medio de semejante abandono estructural, el personal humano de ese hospital logró algo extraordinario: devolvernos un poco de fe. Nunca voy a olvidar la humanidad del servicio de Hematología, ni las palabras cálidas, ni las sonrisas, ni la forma en que acompañan a familias destruidas aun cuando trabajan en condiciones indignas. Tampoco voy a olvidar a toda la gente que se acercó a donar sangre sin conocernos. Ahí entendí algo doloroso y hermoso al mismo tiempo: esta provincia sobrevive gracias a su gente, no gracias a sus dirigentes. Río Negro está lleno de personas extraordinarias obligadas a compensar todos los días la ausencia del Estado.
Hoy no escribo para pedir nada. Porque lo único que quiero es que me devuelvan a mi papá, y eso no va a pasar.
Pero sí necesito decir que las muertes evitables también tienen responsables. Que las obras postergadas matan. Que la negligencia mata. Que gobernar mirando encuestas, disputas partidarias y negocios mientras la gente arriesga la vida para ir de un pueblo a otro también tiene consecuencias. A los conductores de la camioneta y el auto blanco que hicieron todo mal aquel día, que les faltan papeles y les sobra inconsciencia, ojalá los acompañe la culpa de su irresponsabilidad. Y a quienes durante años tuvieron en sus manos la posibilidad de terminar una ruta segura y fortalecer un sistema de salud digno, ojalá alguna vez comprendan el daño irreparable que produce gobernar de espaldas a la realidad.
Mi papá ya no está. Pero pienso honrar su memoria haciendo lo mismo que él hizo siempre: decir lo que incomoda, exigir justicia y negarme a aceptar que el abandono sea el destino inevitable de nuestra región.
A quienes estuvieron con nosotros en estos días, gracias. El mundo sigue siendo un lugar digno gracias a personas como ustedes.
Cindy Moreno B.
Opinión
Más allá del diagnóstico: La necesidad de una salida con contenido
Nota de opinión por Federico Vasches, integrante del Observatorio de Políticas Públicas y Sociales de Río Negro.

¿Cuánto más se puede decir del estado actual de las cosas? Esta mezcla de novedad y continuidad, esta cotidianeidad que venimos habitando, nos fuerza muchas veces a una suerte de parálisis, obligándonos a detenernos indefinidamente en el diagnóstico. Nos enfrentamos, una vez más, cara a cara con sorpresas previsibles: es la sensación de que asistimos a «más de lo mismo», con el agravante de que ese «lo mismo» es, cada vez, peor.
Esta realidad no es abstracta; es una fuerza complicada que está tensionando transversalmente a la Argentina. Tensa a los individuos, a las familias y a los hogares, pero también erosiona a las instituciones, a los partidos políticos y a las organizaciones sociales en su conjunto. Estamos ante un escenario tan complejo como hondo, donde conviven la complicidad de algunos sectores con un agotamiento social generalizado. Es el agotamiento de quienes dijeron «no» a lo anterior para decir «sí» a esto, y que hoy se encuentran en la encrucijada de decir «no» a esto, sin querer regresar a lo otro. En ese limbo, la construcción de una salida institucional sigue siendo una asignatura pendiente.
La trampa de la reactividad: El vacío de la alternativa
En este escenario, lo que queda peligrosamente a la vista es un modelo de gestión de la oposición —tanto institucional como política— que es meramente reactivo en lugar de propositivo. Esta es una falencia generalizada que atraviesa a representantes políticos, sindicales y partidarios por igual: el gobierno nacional impone condiciones y la respuesta carece de propuestas superadoras. Las estructuras tradicionales se mueven siempre un paso por detrás de lo previsible, persiguiendo un modelo oficial que se percibe como arrasador.
Lo más alarmante no es el contenido de lo que se negocia, sino la incapacidad técnica para proyectar algo distinto. Nos enfrentamos a paritarias que no funcionan, a presupuestos que son jirones de la realidad y a discusiones por servicios básicos que parecen vaciadas de sentido. El rol de sindicatos, gobernadores y legisladores se ha degradado al de simples acompañantes de la coyuntura. Mientras se transita esa urgencia, no se está proyectando un plan de salida relevante. Esta reactividad es especialmente compleja en las universidades, donde ciertas conducciones operan como oposición política nacional pero como oficialismos institucionales, quedando atrapadas en la misma falta de iniciativa propositiva.
De la demencia al negacionismo: La inercia institucional de parte del sistema de CyT
Para entender la parálisis de quienes deben conducir, es necesario observar su comportamiento reciente. Tras el punto de inflexión de diciembre de 2023, cuando el flujo de recursos se detuvo abruptamente y las partidas dejaron de llegar, las instituciones universitarias no reaccionaron con un cambio de paradigma. Por el contrario, operaron bajo lo que podríamos llamar una demencia institucional: siguieron haciendo las cosas como si el escenario no hubiera cambiado, repitiendo fórmulas de un pasado que ya no tenía sustento material.
Hoy, esa demencia ha mutado en algo más peligroso: el negacionismo institucional. Al encontrar mecanismos modernos e innovadores para «oxigenar» el sistema -vía financiamientos externos, fundaciones propias o venta de servicios-, las conducciones «optan» por darle la espalda a la lucha estructural de sus trabajadores. Bajo la excusa de la eficiencia técnica y la creatividad para «salvar los muebles», están validando de facto el ajuste. Están demostrando una agilidad que en momentos de flujo ni siquiera se atrevieron a imaginar, pero lo hacen opacando la lucha docente y Nodocente, y confirmando ante el poder central que el recorte era, después de todo, ejecutable.

El experto disciplinar y la orfandad política
Esta desconexión tiene una raíz estructural en la formación de quienes dirigen el sistema de ciencia, tecnología y universitario. Por un lado, tenemos a los docentes e investigadores, y por otro, a los equipos de gestión Nodocente, que constituyen la arquitectura institucional invisible que permite mantener en pie el sistema. En la cima, el funcionariado (Rectores, Vicerrectores y Secretarios) ocupa cargos de naturaleza eminentemente política.
Sin embargo, el sistema está diseñado para que los académicos gestionen, bajo la premisa de que la excelencia en el grado o posgrado se traduce en capacidad de gestión. Pero la trayectoria académica no es proporcional a la pericia política. Geólogos, contadores, biólogos o arquitectos de renombre se encuentran hoy dirigiendo instituciones complejas frente a una política de choque para la cual sus herramientas disciplinares -que representan el 95% de su expertise- son insuficientes. No es lo mismo administrar el flujo que gestionar la incertidumbre y la restricción. Al no ser cuadros políticos de formación, quedan aislados de los debates profundos y los avatares partidarios los toman por sorpresa.

La seducción del intelectual y el desembarco de los gestores
Este contraste se refleja en la figura presidencial. Su ascenso fue el de un intelectual que ofrecía una doctrina económica liberal inspiradora y de gran penetración en jóvenes votantes y en una gran parte de la población desencantada con lo conocido. La sociedad, en su dificultad para determinar el rol efectivo del Estado, parece haber votado esa elocuencia, apostando a un horizonte filosófico pero dejando de lado o acaso, jamás interpelándose por el «cómo».
Pero una vez en el poder, se produjo un desplazamiento: la gestión real fue delegada en personajes cuyo activo no es la teoría, sino el know-how de la vieja política y la gestión de choque. Mientras el discurso se mantiene en la doctrina, la ejecución queda en manos de segundas y terceras líneas que saben operar las palancas del Estado de forma pragmática. Esta dualidad genera la máxima tensión: un relato intelectual que se ejecuta con las herramientas más conocidas de la gestión tradicional.
El intelectual como arquitecto y el control social
Frente a este vacío, el rol superador del intelectual debe ser el de un traductor: aquel que logre el match entre la ideología (el horizonte filosófico) y el cotidiano de la política pública. No puede ser alguien que se refugie en la academia para dar una clase virtual cada quince días; debe ser quien dote de sentido a la acción técnica e impregne e ilumine los debates públicos.
Nadie discute qué funciones debe afrontar el Estado en tanto garante de derechos. Su capilaridad social estratégica (en términos de Oszlak) es irremplazable. Sin embargo, no podemos seguir persiguiendo quimeras de innovación que mueren en acuerdos personales sobre un andamiaje inexistente. Propongo una salida que incluya una instancia de control social e intelectual comunitario, similar a una Defensoría del Pueblo, pero con una matriz de pensamiento crítico. Un espacio técnico con voz y probada incidencia donde la ciudadanía participe y rediscuta las políticas públicas junto a los intelectuales que les dan sentido.

Conclusión: Salir del asombro
En un mundo de información fragmentada, en el cual desde millennials a la generación alfa son bombardeados constantemente, los discursos vacíos ya no alcanzan. Lo que hoy se vuelve imperativo es la propuesta concreta. Debemos entender que, si la esperanza no tiene acción, es simplemente fe; y la fe es insuficiente para gestionar una organización, menos aún un sistema, demasiado lejos, una nación.
La salida no es dicotómica – izquierda o derecha-, sino programática. Requerimos un nuevo acuerdo social basado en ejes fundantes: ambiente, obra pública, educación, salud, deporte, disidencias, derechos humanos, vivienda y todos los otros temas que la sociedad pueda determinar. La única manera de garantizar a la ciudadanía una protección real es a través de una salida política integral: intelectuales, académicos, gestores y técnicos trabajando en un programa de gobierno concreto que abandone el asombro y retome la iniciativa. Es hora de que la arquitectura del Estado deje de servir a la supervivencia de una casta y empiece a tener a la gente presente en el centro de su diseño y control.
Federico Vasches
Integrante del Observatorio de Políticas Públicas y Sociales de Río Negro.
Opinión
La Encrucijada de la IA: Moda o Soberanía
Nota de opinión por Federico Vasches, integrante del Observatorio de Políticas Públicas y Sociales de Río Negro.

Estamos inmersos en un momento de avances exponenciales de la Inteligencia Artificial (IA). Esta carrera tecnológica, impulsada por el sector privado, genera nuevas oportunidades, pero también expone complejidades estructurales profundas en sociedades como la latinoamericana y la argentina en especial, agravadas ahora por el desfinanciamiento estatal.
Detrás de palabras y conceptos como costo, lucidez e inclusive debatiendo sobre la Paradoja de la Modernización, es crucial entender que no incorporar tecnología es, de hecho, más costoso que hacerlo. La adopción requiere una «lucidez estratégica»: un rediseño consciente y deliberado que entienda que lo que se hace se puede hacer mejor. Pero que de ninguna manera la IA reemplaza ni a las personas ni a sus responsabilidades.
Como dos caras de una moneda:
El sector privado actúa deliberadamente para maximizar la ganancia. Moderniza con celeridad, buscando mejorar procedimientos, presentándose a la vanguardia y el desarrollo, y poniendo en valor la IA.
El sector público, cuyo fin es social, a menudo responde al llamado de la modernización con el desfinanciamiento, con recorte y achicamiento. La negación a incorporar la IA transversalmente como tecnología que permita innovar, claramente es no estratégica, pues la sociedad ya la está utilizando, generando una distancia creciente entre ambos mundos.
Acá nos encontramos con el problema de la falsa dicotomía, la creencia simplista de que el privado es inherentemente más moderno y brillante. Esta visión es escasa, pues las personas en ambos sectores utilizan tecnología personal (smartphones, herramientas de IA como Gemini, ChatGPT, etc.).
La diferencia reside en la cultura organizacional: en el privado, la modernización se transparenta y premia; en el público, no está institucionalizada y a veces se castiga la desviación del proceso tradicional.
A no preocuparse, porque no todo es tan sombrío y acaso para evitar un futuro distópico, la solución reside en construir una soberanía tecnológica y digital más horizontal.
Esto nos propone:
Divulgación y Conocimiento: las sociedades y los individuos deben entender el impacto de la tecnología y la IA en todas las instituciones. Este conocimiento es la base para que los ciudadanos puedan defender, construir y validar las reformas necesarias.
Espacios de Co-creación: es imperativo crear espacios público-privados, liderados con la participación activa de la sociedad civil, tecnólogos, divulgadores y directores de proyectos.
Gobierno Abierto: estos espacios deben estar anclados en los principios de Gobierno Abierto: participación ciudadana, innovación, transparencia y rendición de cuentas.
Solo a través de esta colaboración estratégica y una ciudadanía informada, el Estado podrá evolucionar tecnológicamente no solo para sobrevivir, sino para construir un futuro donde la tecnología sirva a fines sociales amplios, y no solo a la maximización de la ganancia privada.
Federico Vasches
Integrante del Observatorio de Políticas Públicas y Sociales de Río Negro.





