Opinión
Pobres somos todos
Nota de opinión por Flavio M. Fernández, Lic. en Educación.

Con datos siempre discutibles e imágenes calamitosas, todos hablan de, y en nombre de, los pobres. Las continuas crisis, las hiperinflaciones y devaluaciones perjudiciales para la mayoría, crearon el malestar permanente con que recibimos las noticias estadísticas de la pobreza. ¿Quién no se siente pobre? Se habla de la pobreza porque paga en votos, pero también en construcción programática.
Cuando políticos, técnicos y comunicadores hablan de pobreza todo sucede como si tuvieran la eficacia de algunos pastores o de ciertos adivinos. Dejan que en sus palabras cada uno entienda lo que pueda y quiera entender. Le hablan a todos, pero a cada uno le resuena de una forma particular y movilizante de modo que a todos les parece que “está hablando sobre mi”. La palabra política sobre la pobreza conmociona pluralmente: a quienes son pobres de acuerdo a una medida estadística; a quienes independientemente de su posición en las estadísticas se sienten pobres; a quienes temen empobrecerse porque el país se empobrece o empobrece a cada vez más gente y por oleadas si se toma una línea gruesa que se inicia en 1975, cuando el Rodrigazo descerrajó la primera gran ráfaga de pauperización; a quienes suponen que sus impuestos se dedican en mayor parte a asistir a los pobres y no, como verdaderamente sucede, a subvencionar lo caros que son nuestros capitalistas.
Hace más de veinte años que nuestra sociedad pone en el centro de los debates públicos la cuestión de la pobreza. En ofensivas, modas, compulsiones y campañas por diversos medios, y en diversos sentidos. Pero la cuestión nunca está ausente. Cualquier recién llegado podría concluir de esto que estamos cerca de resolver el problema o, al confrontarse con la realidad, diría: ¿cómo puede ser tanta filantropía y tan pocos resultados? Ignoraría ese sujeto que el discurso sobre la pobreza parece ser más que una forma de generar políticas públicas que puedan terminar con la miseria y hacer más justa y vivible a nuestra sociedad, una forma de construir sujetos políticos que puedan convivir con ella.
La denuncia de la pobreza, un programa político
“Pobreza” es ante todo y cada vez más un término clave en los procesos de legitimación política. La retórica que pone en el centro la pobreza se basa en apelar a la opinión pública con un mensaje que mezcla datos siempre discutibles, imágenes calamitosas e incorpora el cálculo de las múltiples resonancias que dispara esa cuestión en el público, los pobres incluidos. Se habla de la pobreza porque paga en votos, pero también en construcción programática. Es que se puede hablar en nombre de los pobres y buscar su voto reivindicando sus derechos.
Pero también se puede referir al “escándalo de la pobreza” para denunciar el “mal gobierno” exponiendo la pobreza como un síntoma y tratar de ganar el voto de las clases medias y altas horrorizadas por el espectáculo de la pobreza, cuya visibilidad estereotipada es interpretada como resultado de la “incapacidad de los políticos”, el “gigantismo del estado” o la “debilidad de los mecanismos de mercado” entendida como insuficientes concesiones a los grupos más concentrados de la economía que, como todos los sabemos, no se cansarían de crear empleo y oportunidades para todos. En este caso suelen desconocerse los efectos de la vigencia de mecanismos de acumulación económica que generan desigualdad, explotación y evasión de divisas a través de todos los gobiernos y en escalas cuya mínima reducción alcanzaría para resolver todos los problemas de los “pobres” (con sólo reducir una parte de la evasión actual se equilibrarían las cuentas fiscales sin necesidad de acudir a costosos servicios financieros que sobre pagaremos en proporción inversa a nuestras ganancias y responsabilidad). La crítica de la pobreza, por paradójico que parezca, hoy esta puesta al servicio de las ideas e instituciones que históricamente más pobrezas han creado en el país.
Somos todos pobres
¿Quiénes son los pobres? ¿Los que duermen en la calle? ¿Los que viven de la asistencia pública (un sujeto más mitológico que real)? ¿Los trabajadores pobres que a pesar de deslomarse no logran acceder a los bienes que conforman la canasta de bienes que define la línea de pobreza? ¿Los segmentos menores y más expuestos del narcotráfico? ¿Los que a pesar de ganar el dinero que cubre esos bienes han visto a sus familias descender socialmente o sienten que sus barrios se degradan a fuerza de la degradación de los bienes públicos (la escuela, la seguridad, la salud, los caminos, el transporte)? ¿Las clases medias bajas que sufren esos mismos males y “odian” a los pobres que son el fondo contra el cual se distinguen pero que a los ojos de las clases medias-medias y altas no dejan de ser “negros” y “grasas”? ¿Las clases medias que sienten que sus proyectos crujen con cada aumento de tarifas y luego sienten que todo es posible cuando están en la manga del avión a Miami?
Una de las razones por las que no sabemos quiénes son los pobres, y por las que el discurso sobre la pobreza nos interpela a todos con sentidos y estrategias diferentes, es que fundimos en una sola percepción los resultados de la medición técnica de la pobreza con el malestar de la mayor parte de los argentinos asalariados y con el malestar de los que creen que sostienen a los pobres. Malestar que no nació ni en 2015, ni en 2013, ni en 2001. Los argentinos experimentaron continuas crisis, la erosión de las esperanzas, brutales reacomodamientos económicos, que han sido para las mayorías, algo generalmente perjudicial. No es que nadie gana en las hiperinflaciones, los defaults, las devaluaciones, pero esos no son en general los asalariados de todas las categorías. En ese sentido “todos somos pobres” y por eso el término pobreza es una llaga de todos, un motivo de queja tanto como de exaltación e invocaciones políticas.
La “sensación de pobreza”, la pobreza técnicamente definida y la indigencia, también resultado de la misma medición, son hijas de un empobrecimiento generalizado que se puede observar en dos series de datos que explican el desencanto casi constante de los argentinos: los períodos de estancamiento del PBI per cápita, (como el que viene desde 2012 y que implican el achicamiento de la torta), los tiempos de concentración del ingreso y el empeoramiento del índice de Gini que mide la desigualdad (y cuyo resultado actual implica que la torta que se achicó, además, se distribuye peor). Pues bien, en la Argentina esos períodos son muchas veces coincidentes y de larga duración (el PBI per cápita estuvo estancado lustros enteros antes de 2003 y se encuentra en el mismo estado desde 2011; mientras en esos períodos el balance de la distribución del ingreso o el de participación de los asalariados en el PBI empeoró). De esa dinámica socioeconómica surge el malestar en que se larva el clima de indignación/esperanza con que todos recibimos las noticias estadísticas y las impresiones sensibles de la pobreza.
La línea de pobreza no es la frontera entre el paraíso y el infierno
Si alguien está por debajo de la línea de pobreza está muy, muy mal. Pero también lo están aquellos que están por arriba de esa mítica línea, aunque la medición los ponga del lado de los que pueden comprarse todos los sachet que una familia debe comprar en el mes para no descalcificarse. Es que la medida técnica de la pobreza, la canasta de bienes que define un mínimo de consumo, es necesario saberlo, es mezquina y muy poco exigente si la miramos con los ojos de la vida real.
Esa canasta de bienes piensa en lo mínimo de lo mínimo, un set de necesidades incompleto y falto de realismo que descuida los imponderables de la vida cotidiana como si el presupuesto de un hogar se hiciese a base de un cálculo de calorías que no pueden contener los gastos extras de todos los días. Y no me refiero a caviar, cigarrillos, alcohol, idas al bingo, quiniela clandestina, gaseosas o paco. La necesidad de acudir a remises para superar apuros en los que se juegan el presentismo o el destino de los mil malabares cotidianos en que se distribuyen jefes y jefas de hogares donde la tasa de problemas crece más que la de soluciones. Los remedios que imponen gastos de dinero y tiempo específico o ir a morir a las farmacias donde te arrancan la cabeza. Los robos frecuentes que sufren los más pobres. Los caños que se rompen en casas construidas con lo peor y a los apurones. La necesidad de reponer objetos indispensables. La solidaridad vecinal y familiar que es parte de un sistema de crédito informal, pero tiene sus costos inevitables. La línea de pobreza no capta y no tiene por función captar la realidad vivida sino establecer una referencia para comparaciones entre diversos momentos. Un punto más o un punto menos, cinco puntos más o menos, de habitantes por arriba o por abajo de esa línea no cambian ni la sensación de malestar que abarca a todos los trabajadores ni debería cambiar la imagen de sociedad ruinosa que todos tenemos respecto de la Argentina: ni ahora ni hace cinco años.
Flavio M. Fernández
Lic. en Educación
Opinión
“Todos conocemos a alguien que no volvió”: El doloroso mensaje de la hija de una víctima fatal por un choque en la Ruta 22
Omar Edgardo Moreno murió tras un violento choque frontal ocurrido a la altura de Cervantes; mientras que otras tres personas resultaron heridas. Su hija escribió una carta, donde apuntó contra la desidia política y vial.

A poco más de una semana del choque frontal ocurrido sobre la Ruta Nacional N° 22, a la altura de Cervantes, Cindy Moreno publicó una extensa y conmovedora carta abierta tras la muerte de su padre, Omar Edgardo Moreno, quien perdió la vida en el siniestro vial registrado el pasado jueves (14/05).
El hecho ocurrió minutos después de las 10.30 horas en el kilómetro 1165 de la Ruta N° 22, en cercanías del barrio Colonia Fátima. El impacto frontal fue entre un Ford Focus que circulaba de oeste a este y un Peugeot 307 que viajaba en sentido contrario.
En cada vehículo viajaban dos personas. Como consecuencia del choque, Omar Moreno, conductor del Focus, murió en el lugar. Los otros tres ocupantes sobrevivientes fueron trasladados al Hospital Francisco López Lima de General Roca, donde continúan recibiendo atención médica.
En su carta, Cindy Moreno apuntó contra la negligencia vial, el abandono estatal, la falta de obras sobre la Ruta N° 22 y también destacó el acompañamiento del personal de salud y de la comunidad en medio del dolor.
La carta completa
Mi papá no murió solamente en un choque sobre la Ruta 22.
Mi papá murió en una provincia donde hace más de treinta años la desidia política avanza más rápido que las obras. Donde los funcionarios cambian, los discursos cambian, las campañas cambian, pero las rutas siguen rotas, los hospitales siguen sobreviviendo como pueden y las familias siguen enterrando seres queridos mientras escuchan promesas recicladas.
No le escribo esta carta abierta a quienes salen todos los días a trabajar y manejan con responsabilidad entre un pueblo y otro, rezando llegar bien. Ellos ya conocen el miedo. Lo sienten cada vez que toman la Ruta 22 para ir al médico, llevar a sus hijos a estudiar, hacer un trámite o volver a casa.
Esta carta está dirigida a quienes manejan con negligencia, creyendo que el volante es una extensión de su impunidad. Pero también está dirigida a los municipios y gobiernos que durante décadas convirtieron una obra vital para toda la región en una disputa absurda de egos, intereses y mezquindades políticas.
Mientras la gente esperaba una ruta segura, ellos discutían si un tramo debía pasar por arriba o por abajo, si convenía un puente más o una rotonda menos, mientras la obra se demoraba eternamente entre internas políticas, especulación y abandono.
Y en el medio, la gente siguió muriéndose.
En el Alto Valle ya ni siquiera hacen falta estadísticas. Todos conocemos a alguien que no volvió. Todos conocemos una familia destruida por una ruta inconclusa. Todos vimos cruces al costado del camino multiplicarse más rápido que las soluciones.
Hace más de diez años comenzaron las obras de mejora de la Ruta 22. Diez años en los que miles de rionegrinos soñamos que, por respeto a los muertos y por responsabilidad hacia los vivos, finalmente se terminara aquello que nos prometieron una y otra vez.
Pero la política eligió otra cosa.
Eligió discutir poder mientras la gente enterraba hijos, padres, hermanos y amigos.
Mi papá no va a volver. Y no existe pésame institucional capaz de reparar el vacío que deja una ausencia así cuando durante años se ignoraron pedidos básicos de infraestructura, prevención y dignidad.
Porque la desidia no aparece solamente en las rutas. También aparece en hospitales sostenidos a pulmón sus trabajadores. Aparece en localidades donde ni siquiera las entradas para las ambulancias están asfaltadas. Aparece en edificios públicos sin calefacción en plena Patagonia. Aparece cuando falta lavandina en los baños, cuando el personal de salud no tiene dónde calentarse un almuerzo después de horas intentando salvar vidas.
Mi mamá sigue grave en el hospital de General Roca. Y aun en medio de semejante abandono estructural, el personal humano de ese hospital logró algo extraordinario: devolvernos un poco de fe. Nunca voy a olvidar la humanidad del servicio de Hematología, ni las palabras cálidas, ni las sonrisas, ni la forma en que acompañan a familias destruidas aun cuando trabajan en condiciones indignas. Tampoco voy a olvidar a toda la gente que se acercó a donar sangre sin conocernos. Ahí entendí algo doloroso y hermoso al mismo tiempo: esta provincia sobrevive gracias a su gente, no gracias a sus dirigentes. Río Negro está lleno de personas extraordinarias obligadas a compensar todos los días la ausencia del Estado.
Hoy no escribo para pedir nada. Porque lo único que quiero es que me devuelvan a mi papá, y eso no va a pasar.
Pero sí necesito decir que las muertes evitables también tienen responsables. Que las obras postergadas matan. Que la negligencia mata. Que gobernar mirando encuestas, disputas partidarias y negocios mientras la gente arriesga la vida para ir de un pueblo a otro también tiene consecuencias. A los conductores de la camioneta y el auto blanco que hicieron todo mal aquel día, que les faltan papeles y les sobra inconsciencia, ojalá los acompañe la culpa de su irresponsabilidad. Y a quienes durante años tuvieron en sus manos la posibilidad de terminar una ruta segura y fortalecer un sistema de salud digno, ojalá alguna vez comprendan el daño irreparable que produce gobernar de espaldas a la realidad.
Mi papá ya no está. Pero pienso honrar su memoria haciendo lo mismo que él hizo siempre: decir lo que incomoda, exigir justicia y negarme a aceptar que el abandono sea el destino inevitable de nuestra región.
A quienes estuvieron con nosotros en estos días, gracias. El mundo sigue siendo un lugar digno gracias a personas como ustedes.
Cindy Moreno B.
Opinión
Más allá del diagnóstico: La necesidad de una salida con contenido
Nota de opinión por Federico Vasches, integrante del Observatorio de Políticas Públicas y Sociales de Río Negro.

¿Cuánto más se puede decir del estado actual de las cosas? Esta mezcla de novedad y continuidad, esta cotidianeidad que venimos habitando, nos fuerza muchas veces a una suerte de parálisis, obligándonos a detenernos indefinidamente en el diagnóstico. Nos enfrentamos, una vez más, cara a cara con sorpresas previsibles: es la sensación de que asistimos a «más de lo mismo», con el agravante de que ese «lo mismo» es, cada vez, peor.
Esta realidad no es abstracta; es una fuerza complicada que está tensionando transversalmente a la Argentina. Tensa a los individuos, a las familias y a los hogares, pero también erosiona a las instituciones, a los partidos políticos y a las organizaciones sociales en su conjunto. Estamos ante un escenario tan complejo como hondo, donde conviven la complicidad de algunos sectores con un agotamiento social generalizado. Es el agotamiento de quienes dijeron «no» a lo anterior para decir «sí» a esto, y que hoy se encuentran en la encrucijada de decir «no» a esto, sin querer regresar a lo otro. En ese limbo, la construcción de una salida institucional sigue siendo una asignatura pendiente.
La trampa de la reactividad: El vacío de la alternativa
En este escenario, lo que queda peligrosamente a la vista es un modelo de gestión de la oposición —tanto institucional como política— que es meramente reactivo en lugar de propositivo. Esta es una falencia generalizada que atraviesa a representantes políticos, sindicales y partidarios por igual: el gobierno nacional impone condiciones y la respuesta carece de propuestas superadoras. Las estructuras tradicionales se mueven siempre un paso por detrás de lo previsible, persiguiendo un modelo oficial que se percibe como arrasador.
Lo más alarmante no es el contenido de lo que se negocia, sino la incapacidad técnica para proyectar algo distinto. Nos enfrentamos a paritarias que no funcionan, a presupuestos que son jirones de la realidad y a discusiones por servicios básicos que parecen vaciadas de sentido. El rol de sindicatos, gobernadores y legisladores se ha degradado al de simples acompañantes de la coyuntura. Mientras se transita esa urgencia, no se está proyectando un plan de salida relevante. Esta reactividad es especialmente compleja en las universidades, donde ciertas conducciones operan como oposición política nacional pero como oficialismos institucionales, quedando atrapadas en la misma falta de iniciativa propositiva.
De la demencia al negacionismo: La inercia institucional de parte del sistema de CyT
Para entender la parálisis de quienes deben conducir, es necesario observar su comportamiento reciente. Tras el punto de inflexión de diciembre de 2023, cuando el flujo de recursos se detuvo abruptamente y las partidas dejaron de llegar, las instituciones universitarias no reaccionaron con un cambio de paradigma. Por el contrario, operaron bajo lo que podríamos llamar una demencia institucional: siguieron haciendo las cosas como si el escenario no hubiera cambiado, repitiendo fórmulas de un pasado que ya no tenía sustento material.
Hoy, esa demencia ha mutado en algo más peligroso: el negacionismo institucional. Al encontrar mecanismos modernos e innovadores para «oxigenar» el sistema -vía financiamientos externos, fundaciones propias o venta de servicios-, las conducciones «optan» por darle la espalda a la lucha estructural de sus trabajadores. Bajo la excusa de la eficiencia técnica y la creatividad para «salvar los muebles», están validando de facto el ajuste. Están demostrando una agilidad que en momentos de flujo ni siquiera se atrevieron a imaginar, pero lo hacen opacando la lucha docente y Nodocente, y confirmando ante el poder central que el recorte era, después de todo, ejecutable.

El experto disciplinar y la orfandad política
Esta desconexión tiene una raíz estructural en la formación de quienes dirigen el sistema de ciencia, tecnología y universitario. Por un lado, tenemos a los docentes e investigadores, y por otro, a los equipos de gestión Nodocente, que constituyen la arquitectura institucional invisible que permite mantener en pie el sistema. En la cima, el funcionariado (Rectores, Vicerrectores y Secretarios) ocupa cargos de naturaleza eminentemente política.
Sin embargo, el sistema está diseñado para que los académicos gestionen, bajo la premisa de que la excelencia en el grado o posgrado se traduce en capacidad de gestión. Pero la trayectoria académica no es proporcional a la pericia política. Geólogos, contadores, biólogos o arquitectos de renombre se encuentran hoy dirigiendo instituciones complejas frente a una política de choque para la cual sus herramientas disciplinares -que representan el 95% de su expertise- son insuficientes. No es lo mismo administrar el flujo que gestionar la incertidumbre y la restricción. Al no ser cuadros políticos de formación, quedan aislados de los debates profundos y los avatares partidarios los toman por sorpresa.

La seducción del intelectual y el desembarco de los gestores
Este contraste se refleja en la figura presidencial. Su ascenso fue el de un intelectual que ofrecía una doctrina económica liberal inspiradora y de gran penetración en jóvenes votantes y en una gran parte de la población desencantada con lo conocido. La sociedad, en su dificultad para determinar el rol efectivo del Estado, parece haber votado esa elocuencia, apostando a un horizonte filosófico pero dejando de lado o acaso, jamás interpelándose por el «cómo».
Pero una vez en el poder, se produjo un desplazamiento: la gestión real fue delegada en personajes cuyo activo no es la teoría, sino el know-how de la vieja política y la gestión de choque. Mientras el discurso se mantiene en la doctrina, la ejecución queda en manos de segundas y terceras líneas que saben operar las palancas del Estado de forma pragmática. Esta dualidad genera la máxima tensión: un relato intelectual que se ejecuta con las herramientas más conocidas de la gestión tradicional.
El intelectual como arquitecto y el control social
Frente a este vacío, el rol superador del intelectual debe ser el de un traductor: aquel que logre el match entre la ideología (el horizonte filosófico) y el cotidiano de la política pública. No puede ser alguien que se refugie en la academia para dar una clase virtual cada quince días; debe ser quien dote de sentido a la acción técnica e impregne e ilumine los debates públicos.
Nadie discute qué funciones debe afrontar el Estado en tanto garante de derechos. Su capilaridad social estratégica (en términos de Oszlak) es irremplazable. Sin embargo, no podemos seguir persiguiendo quimeras de innovación que mueren en acuerdos personales sobre un andamiaje inexistente. Propongo una salida que incluya una instancia de control social e intelectual comunitario, similar a una Defensoría del Pueblo, pero con una matriz de pensamiento crítico. Un espacio técnico con voz y probada incidencia donde la ciudadanía participe y rediscuta las políticas públicas junto a los intelectuales que les dan sentido.

Conclusión: Salir del asombro
En un mundo de información fragmentada, en el cual desde millennials a la generación alfa son bombardeados constantemente, los discursos vacíos ya no alcanzan. Lo que hoy se vuelve imperativo es la propuesta concreta. Debemos entender que, si la esperanza no tiene acción, es simplemente fe; y la fe es insuficiente para gestionar una organización, menos aún un sistema, demasiado lejos, una nación.
La salida no es dicotómica – izquierda o derecha-, sino programática. Requerimos un nuevo acuerdo social basado en ejes fundantes: ambiente, obra pública, educación, salud, deporte, disidencias, derechos humanos, vivienda y todos los otros temas que la sociedad pueda determinar. La única manera de garantizar a la ciudadanía una protección real es a través de una salida política integral: intelectuales, académicos, gestores y técnicos trabajando en un programa de gobierno concreto que abandone el asombro y retome la iniciativa. Es hora de que la arquitectura del Estado deje de servir a la supervivencia de una casta y empiece a tener a la gente presente en el centro de su diseño y control.
Federico Vasches
Integrante del Observatorio de Políticas Públicas y Sociales de Río Negro.
Opinión
La Encrucijada de la IA: Moda o Soberanía
Nota de opinión por Federico Vasches, integrante del Observatorio de Políticas Públicas y Sociales de Río Negro.

Estamos inmersos en un momento de avances exponenciales de la Inteligencia Artificial (IA). Esta carrera tecnológica, impulsada por el sector privado, genera nuevas oportunidades, pero también expone complejidades estructurales profundas en sociedades como la latinoamericana y la argentina en especial, agravadas ahora por el desfinanciamiento estatal.
Detrás de palabras y conceptos como costo, lucidez e inclusive debatiendo sobre la Paradoja de la Modernización, es crucial entender que no incorporar tecnología es, de hecho, más costoso que hacerlo. La adopción requiere una «lucidez estratégica»: un rediseño consciente y deliberado que entienda que lo que se hace se puede hacer mejor. Pero que de ninguna manera la IA reemplaza ni a las personas ni a sus responsabilidades.
Como dos caras de una moneda:
El sector privado actúa deliberadamente para maximizar la ganancia. Moderniza con celeridad, buscando mejorar procedimientos, presentándose a la vanguardia y el desarrollo, y poniendo en valor la IA.
El sector público, cuyo fin es social, a menudo responde al llamado de la modernización con el desfinanciamiento, con recorte y achicamiento. La negación a incorporar la IA transversalmente como tecnología que permita innovar, claramente es no estratégica, pues la sociedad ya la está utilizando, generando una distancia creciente entre ambos mundos.
Acá nos encontramos con el problema de la falsa dicotomía, la creencia simplista de que el privado es inherentemente más moderno y brillante. Esta visión es escasa, pues las personas en ambos sectores utilizan tecnología personal (smartphones, herramientas de IA como Gemini, ChatGPT, etc.).
La diferencia reside en la cultura organizacional: en el privado, la modernización se transparenta y premia; en el público, no está institucionalizada y a veces se castiga la desviación del proceso tradicional.
A no preocuparse, porque no todo es tan sombrío y acaso para evitar un futuro distópico, la solución reside en construir una soberanía tecnológica y digital más horizontal.
Esto nos propone:
Divulgación y Conocimiento: las sociedades y los individuos deben entender el impacto de la tecnología y la IA en todas las instituciones. Este conocimiento es la base para que los ciudadanos puedan defender, construir y validar las reformas necesarias.
Espacios de Co-creación: es imperativo crear espacios público-privados, liderados con la participación activa de la sociedad civil, tecnólogos, divulgadores y directores de proyectos.
Gobierno Abierto: estos espacios deben estar anclados en los principios de Gobierno Abierto: participación ciudadana, innovación, transparencia y rendición de cuentas.
Solo a través de esta colaboración estratégica y una ciudadanía informada, el Estado podrá evolucionar tecnológicamente no solo para sobrevivir, sino para construir un futuro donde la tecnología sirva a fines sociales amplios, y no solo a la maximización de la ganancia privada.
Federico Vasches
Integrante del Observatorio de Políticas Públicas y Sociales de Río Negro.








